La habitación blanca olía a
desinfectante y la manta era demasiado suave. Estaba acostumbrada a la
oscuridad y la aspereza.
Mientras nuestra protagonista
intentaba encontrar una posición en donde no le dolieran los múltiples golpes
que adornaban su cuerpo, un doctor entró en la habitación.
Ella intento prestar atención
a lo que salía de su boca, pero sus oídos, taponados por las gasas colocadas
por las enfermeras para poder controlar la infección, solo le permitió oír unas
pocas palabras.
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