Cuando volví a la consciencia, mi cuerpo temblaba tanto que si alguien desde fuera me hubiera visto, pensaría que estaba teniendo un ataque epiléptico. Necesitaba calmarme.
Mi respiración era errática, mi corazón, chocaba con fuerza contra mi pecho y mi mente deliraba con el tormento soñado. Opte por rezar, no era creyente, mi mente que hasta entonces se había comportado de manera racional, me impedía creer en un dios, pero recordaba como mi abuela se ponía a rezar cuando estaba nerviosa y sabía que no podía controlar la situación. La voz de la madre de mi padre llego alta y clara, " te acordaras de Dios cuando Lucifer te tenga entre sus zarpas".
Pero en realidad yo no estaba pidiéndole nada, solo repetía sin cesar una serie de plegarias con la intención de tranquilizar el cuerpo y el pensamiento. Rece tantas veces el Padre Nuestro que llego un momento que no sabía ni lo que murmuraba, había palabras a medias, otras mezcladas, saltos en la oración... Nada realmente inteligible. Funcionó, al concentrarme en otra cosa y tener que respirar con tranquilidad para hablar, mis temblores cesaron.
Mire el reloj, las cinco, una buena hora para acercarme a la cocina sin ser visto, como aún tenía el paso tembloroso, escogí ir fijándome con mayor detenimiento en los cuadros que vestían las paredes ,que me guiaban desde mi dormitorio hasta una deliciosa taza de té.
Nada mas salir, un caballero me saludaba con su espada en alza, luego un monje con arrodillado observando el cielo con temor, una dama con un bonito vestido azul se refrescaba con un abanico de plumas del mismo color, otro monje con ángeles a su alrededor... y justo antes de llegar a la cocina el cuadro mas misterioso que había visto en mi vida. Me lo había enseñado Louis al segundo día de estar aquí. Era una mujer rellenita, sentada en una enorme butaca, su mirada era seria pero en su cara se reflejaba una pequeña sonrisa, como clavando su mirada en ti con cinismo. Tenia en una de sus manos un libro cuyo titulo quedaba tapado con los dedos, parecía que el pintor la hubiera pillado leyendo algo prohibido y la otra mano descansaba en su regazo. O eso pensaba yo, pero su mano derecha no estaba en su lugar. Ese cuadro se había movido y ahora levantaba el dedo indice como pidiendo un minuto más.
Intente recordar si siempre había tenido esa postura pero algo me distrajo, Oía en la cocina a alguien, me acerque, una risa resonó en la estancia, abrí la puerta, una rendija e intente ver el interior.
Vi dos figuras cerca de donde estaban las neveras, la mas alta era una chica de cabello oscuro tenía la mirada al frente, fija en un punto, haciendo que yo solo le viera un poco la cara de perfil, lo que observaba con tanto detenimiento quedaba fuera del alcance de mi vista. De su mano un niño de ocho o nueve años, él miraba al suelo como arrepintiéndose de algo.
- No te pongas triste, él solo me ayudaba, tengo tanta hambre...- Una tercera voz femenina se quejaba- ¡No me mires así! ¡Como si tu nunca te hubieses escapado estúpida!
La chica siguió mirando sin mover la boca ni una sola vez
- Esta bien, esta bien, volveremos, no queremos que ninguna de esas horribles enfermeras sepan que estamos aquí. ¿Verdad?
El muchacho y la joven desaparecieron de mi vista y lo último que oí fue el principio de una cancioncilla.
El primero era tan inteligente,
con sus gafas, su mirada suspicaz...
Deseaba tanto jugar con él.
El sabio no quiso,
a si que con sus libros
le tuve que quemar...
Llego el segundo y el tercero...