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domingo, 30 de agosto de 2015

Le vie de la folie VII

Cuando volví a la consciencia, mi cuerpo temblaba tanto que si alguien desde fuera me hubiera visto, pensaría que estaba teniendo un ataque epiléptico. Necesitaba calmarme.
Mi respiración era errática, mi corazón, chocaba con fuerza contra mi pecho y mi mente deliraba con el tormento soñado. Opte por rezar, no era creyente, mi mente que hasta entonces se había comportado de manera racional, me impedía creer en un dios, pero recordaba como mi abuela se ponía a rezar cuando estaba nerviosa y sabía que no podía controlar la situación. La voz de la madre de mi padre llego alta y clara, " te acordaras de Dios cuando Lucifer te tenga entre sus zarpas".
Pero en realidad yo no estaba pidiéndole nada, solo repetía sin cesar una serie de plegarias con la intención de tranquilizar el cuerpo y el pensamiento. Rece tantas veces el Padre Nuestro que llego un momento que no sabía ni lo que murmuraba, había palabras a medias, otras mezcladas, saltos en la oración... Nada realmente inteligible. Funcionó, al concentrarme en otra cosa y tener que respirar con tranquilidad para hablar, mis temblores cesaron.

Mire el reloj, las cinco, una buena hora para acercarme a la cocina sin ser visto, como aún tenía el paso tembloroso, escogí ir fijándome con mayor detenimiento en los cuadros que vestían las paredes ,que me guiaban desde mi dormitorio hasta una deliciosa taza de té.
Nada mas salir, un caballero me saludaba con su espada en alza, luego un monje con arrodillado observando el cielo con temor, una dama con un bonito vestido azul se refrescaba con un abanico de plumas del mismo color, otro monje con ángeles a su alrededor... y justo antes de llegar a la cocina el cuadro mas misterioso que había visto en mi vida. Me lo había enseñado Louis al segundo día de estar aquí. Era  una mujer rellenita, sentada en una enorme butaca, su mirada era seria pero en su cara se reflejaba una pequeña sonrisa, como clavando su mirada en ti con cinismo. Tenia en una de sus manos un libro cuyo titulo quedaba tapado con los dedos, parecía que el pintor la hubiera pillado leyendo algo prohibido y la otra mano descansaba en su regazo. O eso pensaba yo, pero su mano derecha no estaba en su lugar. Ese cuadro se había movido y ahora levantaba el dedo indice como pidiendo un minuto más.
Intente recordar si siempre había tenido esa postura pero algo me distrajo, Oía en la cocina a alguien, me acerque, una risa resonó en la estancia, abrí la puerta, una rendija e intente ver el interior.
Vi dos figuras cerca de donde estaban las neveras, la mas alta era una chica de cabello oscuro tenía la mirada al frente, fija en un punto, haciendo que yo solo le viera un poco la cara de perfil, lo que observaba con tanto detenimiento quedaba fuera del alcance de mi vista. De su mano un niño de ocho o nueve años, él miraba al suelo como arrepintiéndose de algo.

- No te pongas triste, él solo me ayudaba, tengo tanta hambre...- Una tercera voz femenina se quejaba- ¡No me mires así! ¡Como si tu nunca te hubieses escapado estúpida!

La chica siguió mirando sin mover la boca ni una sola vez

- Esta bien, esta bien, volveremos, no queremos que ninguna de esas horribles enfermeras sepan que estamos aquí. ¿Verdad? 

El muchacho y la joven desaparecieron de mi vista y lo último que oí fue el principio de una cancioncilla.

El primero era tan inteligente,
con sus gafas, su mirada suspicaz...
Deseaba tanto jugar con él.
El sabio no quiso,
a si que con sus libros 
le tuve que quemar...
Llego el segundo y el tercero...

domingo, 9 de agosto de 2015

Le vie de la folie VI

-Buenos días Doña Carmen, ¿Como se encuentra usted hoy?
-Pablo, ¡hijo! Por fin has venido a verme... Dale un beso a tu madre anda.
-Doña Carmen soy Mario, ¿Me recuerda? ¿Sabe donde esta?
-Hijo, donde voy a estar en la casa, en la casa del pueblo. Ve con tu padre que se estará preparando para hacer la matanza.

Me miro con ojos febriles y me dí cuenta un día mas que Doña Carmen seguía perdida en el pasado. Estaba claro que nunca conseguiría nada de ella. Cada día creía que era alguien diferente, un hijo, un nieto, un sobrino...
Sería conveniente que no perdiera el tiempo con ella y seguir mi estudio con los demás.

-Doña Carmen, ¿necesita algo?- dije antes de irme, ella volvió su mirada hacia una pared vacía.
-No, tranquilo estoy viendo como las gallinas incuban a sus polluelos. ¿No es lo mas maternal que has visto en mucho tiempo?

La deje tranquila, mirando la pared más blanca que yo hubiera visto en mi vida, y seguí con mi reflexión interior de como el cerebro podría crear una imagen tan potente que realmente engáñara a la mente humana haciendo que lo imaginario pareciera real y lo real imaginario.
Saliendo del salón me encontrar de frente a Louis.

-Hey Mario, me han dicho que encontraste a Leira.
-Si, estaba... bueno en la parte más antigua de la casona.
-¿En la zona sin remodelar?
-Aja
-Vaya, ¿Como llegaste allí? Mira que a esa zona solo se puede acceder por unas escaleras y la verdad es complicado encontrarlas.
-Me perdí, como siempre y acabe allí. Esa zona realmente esta descuidada, todo tan sucio.
-Supongo que no habrá tantos pacientes como para tener que utilizar esa parte de la casa.

A las nueve en punto dimos de cenar a los pacientes,  terminada me dispuse a enterrarme en mi habitación para escribir en las memorias todo lo decidido y aprendido con Doña Carmen, pero Louis me cazó antes de que pudiera levantarme de la silla.

-Mario, hoy es viernes, deja de trabajar y vamos con los demás celadores al pueblo, y nos tomamos algo. Así te despejas y seguro que con un par de cervezas no tienes pesadillas. Como plus ira Fiffi y podré cortejarla como se merece.
- Es un pueblo muy pequeño, que puede haber para flirtear con una chica.
-Un bar, Mario, un bar con música, no seas aburrido y ven.

Volvimos sobre la una a la mansión. Louis había conquistado a Fiffi con su labia. Me tiré en la cama con la intención de descansar lo máximo posible...

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Me encontraba atado a una cama, los amarres tenían la textura del cuero, intente girar la cabeza, pero algo la mantenía erguida, por el rabillo del ojo vi como se habría una puerta, de ella entro un hombre con mirada seria, se acercó iba vestido con una bata oscura y corbata del mismo color.
-Me han dicho que has mordido a una de las enfermeras y que has intentado escapar de tu habitación, otra vez.
-Un gemido lastimero salió de mi boca, intente desatarme con todas mis fuerzas.
-Tranquila, tranquila...- dijo mientras colocaba sus manos rudas sobre mis brazos apretando con potencia.- Me da pena Amelie pero quedamos en que no morderías a nadie. que si lo hacías tendria que tomar medidas.
Mi gimoteo se convirtió en un sollozo  silencioso, intente negarme pero mi cabeza no se movía de su sitio y no encontraba mi voz.
-Ahora debo castigarte, tu enfermera, Margot, esta muy triste contigo.

Se acerco a la pared de la izquierda y de un baúl saco una mascara de hierro, me miro y como apesadumbrado me la colocó con fuerza. Cerré mis ojos, no quería aceptar la realidad. Pude oír como se dirigía hacia la salida, pero antes de llegar a ella, volvió ha acercarse.

-Cálmate, no sera para siempre, solo unas semanas, hasta que pueda deshacerme del cadáver de la enfermera a la que mordiste, sin que nadie sospeche de mi. Entonces te prometo que dejaré al descubierto ese precioso rostro tuyo, y volverás a deberme un favor.