Con paso apurado cruce al interior, no quería que me volviera a gritar. Me gire hacia el hombre que me había provocado hace apenas cinco segundos un mini infarto, podía sentir la sangre cabalgando por mis oídos. Abrí la boca con asombro, era un hombre que apenas llegaba al metro treinta, pero no porque fuera bajo si no porque su espalda estaba echada hacia delante, haciendo que sus manos casi se arrastraran por el suelo. Tenia u na prominente joroba que con cada respiración parecía querer salir de su cuerpo y vivir por separado. Su cara era amorfa, un ojo mas alto que el otro, con dientes rotos y desgastados y con numerosos bultos por toda ella.
Era espeluznante.
Gire mi cabeza con la intención de no parecer maleducado, pero estaba seguro de que aquel hombre, si se le podía llamar así, estaba acostumbrado a que le miraran con descaro.
-Le esperábamos hace dos horas señor Nieto- dijo acercándose a mí, cogiendo la maleta que reposaba a mi lado.
-Si - conteste rápidamente, apartándome de aquel ser - El autobús que se dirigía al pueblo desde Madrid pincho una rueda y tuvimos que esperar a que nos recogieran - nos empezamos a mover por el pasillo, acercándonos a unas enormes escaleras - Además cuando cogí el taxi para que me trajera aquí, se perdió y tuvimos que retroceder unos cuantos kilómetros.
-Creímos que se había arrepentido de venir- sostuvo con una sonrisa mientras subía la escalera.
Me dejo impresionado otra vez, al comprobar que era tremendamente fuerte, no solo había cogido mi maleta como si no pesara nada si no que subía las escaleras de manera rápida, no como yo que me iba quedando atrás.
-No se aleje señor Nieto.
-Si, si perdone.
-Aguarde aquí por favor- enunció en el momento en el que llegamos al primer piso- voy a avisar de su llegada.
Quede solo, en un largo pasillo, lleno de puertas, cuadros y alfombras. la verdad es que por dentro, era un lugar alucinante, se notaba que para poder ser paciente de este hospital debías tener varios millones en la cuenta corriente.
La puerta se abrió y sonriendo me indicó que pasara. Entre en un enorme despacho y en él encontré lo que debía ser la directora de la institución.
-Buenos días, señor Nieto, soy la doctora Marcilla, Ursula Marcilla. Mi querido Salvatore me ha comentado que ha llegado bastante accidentado. Salvatore le acompañara a su habitación, tome una ducha, acomódese y vuelva aquí, le explicare como nos puede ayudar.
-Muy bien, volveré en más o menos una hora.
Me llevo a la habitación y entre tanto me contaba la historia completa de Amelie la cual yo ya había investigado.
El conde Frederic se caso con una joven cortesana llamada Alix, de apenas dieciséis años, Quedó embarazada y tras siete meses nació una niña. Se cuchicheaba por la nobleza que Alix se había quedado embarazada antes de casarse. Se aseguraba que una vez que dio a luz a la pequeña Amelie, Alix ya no fue la misma. Se refugio en su mundo, un mundo privado, del que ni su hija ni su marido pudieron ser participes. Cuando la pequeña cumplió tres años, Alix pareció despertar de su sueño y regaló a la niña un conejo blanco. Al día siguiente ocurrieron dos cosas. Amelie dejo de hablar y Alix acabó con su vida cortándose las venas en el jardín. La encontró una sirvienta tirada sobre los rosales, manchando con su sangre las rosas que se encontraban a su alrededor.
Después del trágico suceso, Amelie creció feliz, en una pequeña mansión, con su padre y unos pocos criados. Pero un respetado medico italiano demandó a su padre posada durante una semana. Pues quería hacer un estudio sobre la locura en Francia y se desplazaba por toda ella, por orden de rey para intentar localizar a la gente enferma y encerrarla, con la finalidad de que no contagiase a más personas.
Cuando el experto en el área llegó, descubrió a la niña que apenas tenía diez años. Se dice que le encandiló, que su timidez le enamoró. Pidió entonces al padre que cuando llegara a la edad de 14 años le diera su mano. Frederic se negó.
Una semana después Amelie estaba en el informe del doctor, defendiendo que tenia una rara locura, contagiada por su madre, la niña no hablaba, no mantenía contacto visual con desconocidos y se ponía agresiva cuando se alejaba de su mascota. Luis XVIII de Francia obligó al conde a encerrar a su hija.
Apesadumbrado, decidió crear este hospital, con la intención de alejar a su hija de la persona que había destruido su vida.
La siguiente parte de la historia ya la conocía. Había sido trasladada y tratada por los mejores médicos, pero no era feliz y un día sin mas desapareció, nunca se la encontró, aunque su padre diera una enorme recompensa.
Pensé en la historia mientras dejaba que el agua relajara mis músculos cansados, ordené la ropa que había traído y me dirigí a hablar de mi trabajo con la doctora.
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